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El conglomerado ya contaba con la negativa de países como Arabia Saudí, donde ni siquiera presentó Lightyear. La sorpresa llegó con el veto de los Emiratos, que en un primer momento dieron el visto bueno a la cinta. El organismo que regula los contenidos en este territorio se limitó a decir que no obtuvo la licencia para ser proyectada porque «viola los estándares del país». La polémica, admite el director del largometraje, era algo esperado. «Sí, tenemos un beso. La pareja formada por dos mujeres ha estado presente desde el principio en la película. Ser capaces de retratar el beso era importante para nosotros, es un momento conmovedor, ellas ayudan a Buzz a entender lo que significa una relación y siempre ha sido nuestra intención darle a la audiencia algo que realmente pueda disfrutar —explica Angus MacLane—. Queremos estar presentes en el momento actual de la sociedad».
La producción esta concebida como la historia que dejó fascinado al niño Andy, protagonista de la primera Toy Story, en 1995, convirtiendo a Buzz Lightyear en su juguete favorito, sustituto de su inseparable vaquero Woody. La película del juguete de la película de juguetes de Pixar se ha convertido, sin embargo, en campo de batalla de la lucha por los derechos LGTBI, eclipsando su vocación nostálgica de recuperación de la ciencia ficción más clásica. El ingenio, la diversión y la ternura, marca de la casa Pixar, ocupan ahora un segundo lugar.
Lightyear es el primer estreno comercial masivo en salas el estudio de animación desde Onward, que llegó a los cines el 6 de marzo del 2020, una semana antes de que toda España se encerrase en casa para protegerse del coronavirus. Supone el tercer título consecutivo producido por Pixar realizado por un debutante en la dirección de largometrajes tras Luca, de Enrico Casarosa, y Red, de Domee Shi.
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